Cuando discrepar deja de ser una idea y se convierte en una identidad
La polarización más difícil de revertir no separa opiniones: separa comunidades morales que dejan de reconocerse entre sí.

No toda distancia ideológica es polarización afectiva. Dos personas pueden defender programas incompatibles y seguir reconociéndose como interlocutoras legítimas. El problema cambia cuando la discrepancia se convierte en una frontera moral.
En ese punto, la información deja de evaluarse solo por su contenido. Importa quién la pronuncia, qué grupo la comparte y qué identidad amenaza. La pertenencia funciona como un filtro previo al razonamiento.
Una democracia sana no necesita eliminar el conflicto. Necesita impedir que el conflicto convierta al adversario en una categoría humana inferior.